"Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez.
Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste.
Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final.
En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre.
Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora."


Hace unos meses tengo “Carta de una desconocida” en mi biblioteca y decidí leerlo la primera noche que lo tuve en mis manos. En las primeras palabras de esta desconocida se me cerró la garganta y supe que iba a terminar lagrimeando. Ése no era el momento para leerlo y por eso lo abandoné en un estante donde duermen esos libros que me esperan con paciencia.
Ayer un sol a pleno, me empujó a rescatarlo del estante y tirarme en el jardín a leerlo. Una mañana hermosa de pleno verano, fue el marco que elegí para leer algo que probablemente me haría llorar, en mi mente, mis perros portándose mal, el verde y el sol, disminuirían las posibilidades de llanto, pero lloré igual.

Los libros dicen que el relato es la obra narrativa cuya extensión en número de páginas es inferior a la de la novela, pero luego de leer a Stefan Zweig, debería redefinirse la palabra extensión.
En pocas páginas, sesenta y unos suspiros más, Zweig despliega un discurso que traspasa la cantidad de páginas y las estructuras narrativas. Traspasa el alma.

Con un discurso epistolar, el autor nos invita a acompañar a una desconocida en su último gesto de amor para un hombre que nunca la conoció.
Magistralmente traza una línea de tiempo que describe el origen y el final de un amor unilateral, platónico y abnegado. Con una pluma exquisita y sublime nos conduce con una cadencia íntima y profunda  al corazón de una mujer que  dedicó su vida a amar a un hombre en silencio.

La historia

Es compacta, contundente y conmovedora. Honestamente, me cuesta encontrarle verosimilitud o ponerme en el lugar de la protagonista pero ella vivió en otra época y otra vida.
Por momentos pensé que a la pobre mujer se le había salido un tornillo, que un psicólogo le habría sido más útil, pero Zweig me hizo apagar mi lado racional y volcarme a su texto con mi corazón abierto. Fue así que recordé mis amores platónicos de la adolescencia y las trampas de mi mente que me llevaban a idealizarlos y amarlos imaginariamente.

Lloré a conciencia. Sabía que iba a lagrimear mucho, porque el autor logró que empatizara con el dolor de la desconocida, que sintiera sus anhelos como propios y sus pérdidas como aquellas despedidas sin fin.

Este libro es una pieza brillante, que comienza advirtiéndonos de todo lo que vamos a descubrir y sin embargo, el discurso del autor nos sorprende en cada tramo de la historia.
Un relato es algo mucho más breve que una novela, pero “Carta de una desconocida” habla de lo más extenso, lo que no encuentra final, aquello que llega para quedarse, más allá del tiempo, más allá de la vida.

Lo recomiendo con el alma, como ejemplo magistral de lo pequeño, lo sutil y perfecto. Un libro que no pretende nada, que parece poco y no se olvida nunca más. “Carta para una desconocida” es simple, pequeño y agridulce como lo es un último gesto de amor.