Lo niego todo - Joaquín Sabina (Luna Park 2017)

by - 12/08/2017

El 7 de diciembre la calle melancolía adoptó el nombre de Bouchard, cuando miles de corazones con recuerdos fueron llegando al Luna Park para ser parte del ante-último show del cantautor español.

TAN JOVEN Y TAN VIEJO…

El espectáculo comenzó en la vereda que reunió al público más variopinto, cargando consigo cervezas, café o gaseosas. Entre vendedores que ofrecían bombines y camisetas se unieron algo así como tres generaciones. Estaban los jóvenes que fueron en bermudas y los que podrían ser nuestros padres emperifollados para una gala con sabor a cita. Pero todos fuimos dando los mismos pasos hasta llegar a las butacas desde donde disfrutaríamos un concierto marcado por la complicidad entre dos partes.

EL GUSTO ES NUESTRO

En letras rojas y sobre un fondo negro el apellido del andaluz nos avisaba que poco faltaba para el encuentro. Un juego de luces después, la pantalla central comenzó a proyectar un compilado de viejos diarios que ilustraban la trayectoria de quien compuso historias que tragamos durante décadas como si fueran pastillas para no soñar.
La banda que lo acompañaría pisó el escenario y sentimos el cambio de ritmo en nuestra respiración cuando las luminarias volvieron a marcar la cuenta regresiva. Con un seguidor marcándole el camino hasta el micrófono que lo esperaba, Joaquín Sabina nos encontró aplaudiéndolo con fervor.
Visiblemente emocionado, un tono que marcó el show, abrió la noche con “Cuando era más joven” y luego advirtió que tendríamos que esperar las viejas canciones que ansiábamos rememorar.  Entablando un pacto tácito, propuso que nos jodiéramos y recibiéramos las nuevas letras de su decimoséptimo disco: Lo niego todo.

En lo personal, es un trabajo que amé por su sincera oscuridad. Más que un disco, es un acto de contrición y en sus letras encontré la poesía más hermosa y triste de su historia.
Quedaron afuera mis temas preferidos de la nueva propuesta, (“Leningrado” y “Por delicadeza”) pero cuando comenzaron los versos de “Lo niego todo” con toda su oscuridad y melancolía el público la coreó como si se tratase de uno  de sus tantos éxitos.

La presentación de los futuros clásicos siguió con “Quien más quien menos”, “Sin pena ni gloria” y homenajeando su contribución al rock en español,  convocó a Jaime Asúa, para presentar juntos “Las noches de domingo acaban mal”, canción que no se esperaba en el repertorio y que agitó al público al punto de que algunos comenzaron a tirar pasos de rock and roll en medio de las gradas. 
En un marco donde la melancolía y la historia se fundían al compás de su música llegó “No tan de prisa”, inspirada en grandes músicos que ya partieron, para luego cerrar el bautismo en Buenos Aires de su nuevo repertorio con la canción “Lágrimas de mármol”. Una de mis favoritas y ya abrazada por todos sus seguidores que encuentran en ella una poesía al tiempo pasado y a los pasos que dimos en nuestra historia. (O tropezones)
Emocionado y genuinamente sentimental, Sabina abrió la puerta del pasado y nos regaló los recuerdos que fuimos a buscar. Comenzó con la única canción que compuso en Argentina, aquella vez a finales de los años ochenta cuando descubrió los secretos de La Recoleta y “Con la frente marchita” se le escurrió entre los dedos.
Aquella canción la compuso con su hermano y compañero de ruta, Pancho Varona, a quien brindó un sincero reconocimiento antes de dejarlo cobijado por nuestros coros mientras entonaba “La del pirata cojo”. (Pancho es un genio adorable!!!!)

Sin cansarse de reconocer el cariño de los argentinos y manifestando una y otra vez cuán embajador se siente de nuestra tierra, reconoció que lo peor de una gira es estar lejos de casa y de la familia. Sin embargo aquí siente que está en su hogar y la familia, tal como expresó, son esos “chicos” que lo acompañan en cada show. "La banda, que no son meros músicos de acompañamiento, sino que son quienes sueñan las canciones con él. Las escriben, las sufren y las beben con él".  Y eso se notó en cada canción.

Con mucha generosidad y un sentido reconocimiento, Sabina presentó a cada integrante de su familia: en las guitarras los ya bañados de afecto y respeto, Jaime Asúa y Pancho Varona. La argentina Laura Gómez Palma tocando el bajo y Pablo Barceló marcando el pulso con su batería.
Quien me conquistó (de manera irreversible) fue Josemi Sagaste el saxofonista aragonés. "Que se viste con los pies, con su falda de escocés". Y detrás de los teclados estuvo el cálido Antonio García de Diego mientras que el soporte vocal rugía desde el potente escote de la corista, Mara Barros Fernandez.

La vocalista tuvo su momento estelar cuando Joaquín la invitó a entonar “Hace tiempo que no”, un blues que le regaló su jefe para que formara parte de su primer disco solista.
Con una soberbia seguridad y un nato poder de seducción, la voz de Mara Barrios derritió el escenario y no dejó espectador sin conquistar. El juego de seducción entre ella y Josemi Sagaste nos mantuvo a todos queriendo más y  pensando cuánto tiempo hace que no.
“La Magdalena”, “Por el Boulevar de los sueños rotos”“Y nos dieron las 10”, “Y sin embargo te quiero/Y sin embargo” (canción que funde mi infancia con mi adolescencia), “A la orilla de la chimenea” interpretada por Antonio García de Diego,  hasta llegar al himno “19 días y 500 noches” fueron parte del recorrido que hicimos por la historia musical de un compositor que hace de sus errores y dolores, la más inolvidable de las poesías.
La sorpresa llegó cuando Sabina invitó a Ismael Serrano al escenario para cantar juntos “Noches de boda” suplicando que el corazón no pase de moda. Fue una perlita del show deliciosa. Un regalo envuelto en la timidez de Serrano que sostuvo su particular timbre de voz bajo la atenta mirada de un Joaquín que por momentos parecía estar recordando sus noches con Serrat.

Mientras  el reloj anunciaba la despedida,  las palmas hicieron vibrar el Luna Park cuando los acordes de “Princesa” volvieron a recordarnos que el rock and roll también habla español y los amores que no se olvidan revivieron en cada estrofa de “Contigo”, la declaración de principios más inteligente de todas.

Me faltó la canción más personal de mi historia, cuando una noche Sabina me vaticinó con voz de cigarro cuál sería el camino que estaba por comenzar.
Pero “Lo niego todo” fue una cita inolvidable. Una noche que tuvo la fiesta de un reencuentro muy esperado, la melancolía de un largo camino recorrido, la emoción de las despedidas latentes y la generosa humildad de un hombre que ya ha escrito todo.
Quizás por eso, partimos a casa cantando la canción que cerró la noche, "Pastillas para no soñar".

Al final el show queda resumido y consagrado por las ganas de correr a abrazar a un Joaquín Sabina que en cada canción nos dijo "Te quiero", "Gracias" y "Espero volver". Es querible y se le agradece con aplausos y el corazón un poco apretado, todas las noches por las que sus canciones nos llevaron a pasear.
Un capítulo aparte son sus músicos, que no acompañan simplemente, sino que dan vida al show. Todos y cada uno de ellos, tuvieron un momento destacado y brillante. Pero todos juntos de principio a fin, llenaron el escenario de destellos inolvidables.

Que no sea nuestra última noche, Joaquín!

PD: si aún no te conquistó Sabina, empezá a hacer la tarea. Sabina te espera, pero no tanto... 

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2 comentarios

  1. Excelente crónica estuve allí y lo reflejas muy bien, felicitaciones y gracias!

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  2. También agité mis emociones allí el 1 de diciembre. Comparto tus palabras.
    Precioso el arte gráfico que se pudo ver en las pantallas de fondo de escenario.
    Y qué bueno está el pelado "escocés"

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